El pesado ropón negro que llevaba desde hacía años había desaparecido; tenía ahora un vestido de seda color turquesa, brillante y delicado como el cielo del atardecer, acampanado en las caderas. Y la falda estaba toda bordada con finos hilos de plata, perlas y gemas de cristal, y relucía levemente como la lluvia de abril



